Este delicioso y dinámico enunciado es un homenaje al cierre del programa radiofónico de (todos los pobladores de este territorio se ponen de pie) maestro de la locución y la crónica poblana José Luis Ibarra Mazari, viejo fumador, alcohólico retirado y gran conversador, cuya vida estuvo ligada a la historia de la radio y a la nostalgia de una Puebla que se nos esfumó en cuatro décadas; cuenta la leyenda y las escasas biografías que existen de él que nació en una vecindad del centro de la 2 Sur y la 9, allá por 1931 y de la cuál se mudo -40 años después- hasta que el dueño la vendió y mandaron a todos los inquilinos de renta congelada a vivir a los nuevos edificios de la Margarita (primera zona de multifamiliares poblana). José Luis Ibarra Mazari era la muestra viviente de que la vida es la mejor escuela, ya que áún cuando provenía de una familia de intelectuales, cursó hasta el primer año de secundaria. Su educación fué totalmente autodidacta, lector empedernido y locutor por correspondencia.
La voz de Ibarra Mazari era ya clásica del paisaje sonoro de Puebla y como él decía " no me llenen de lisonjas por mi voz, de la cuál no tengo la culpa, así nací, yo solo trato de hablar y leer bien", era una delicia escuchar su programa "Balcón" o su "Ojo al Parche" todas las mañanas en la XECD, su interesante uso del lenguaje, su tremenda capacidad para generar sabrozas imágenes con su voz, era como escuchar hablar al abuelo sabio, pero con el sarcasmo, la malicia y la simpatía de un viejo cabrón como lo llamara uno de sus chamacos radiofónicos Zeus Munive.
Este pse* careció de la figura familiar llamada abuelo, pero en los últimos años de vidaJosé Luis Ibarra Mazari era un viejo cabrón. Cabrón en el estricto sentido de la palabra: agudo, inteligente, sarcástico, criticón, tierno y buen amigo. Cabrón, pues. Falleció el miércoles por la noche, víctima de un problema en el corazón. No soportó una operación que le practicaron en el IMSS San José. El jueves por la mañana, en Radio Oro, escuché a Luis Ochoa decir que el pasado 24 de diciembre le marcó por teléfono y le preguntó cómo estaba. La sorpresa: por primera vez decía que estaba mal, que estaba en el hospital. "Pero no creas que estoy mal por algo de salud. Estoy mal porque me contrataron de Niño Dios como en diez nacimientos y no me dará tiempo de estar en tantos pesebres." Así se las gastaba el viejo cabrón. Era un burlón de sí mismo. No le daba pena decir que él era tuerto: "No me pueden decir que soy discapacitado visual. Soy tuerto. No tengo un ojo. No se les dice discapacitados del cerebro ¿o sí?. Se les dice retrasados. Los ciegos son ciegos y los cojos pues..."







